En las antípodas de una Barcelona estereotipada y uniformizada, existe un inframundo acromático donde transcurre un flujo de realidades ajeno a lo inteligible, un marco donde la entraña del ser se expone sin tapujo alguno, un entramado de redes sociales que acaban por conformar celdas de muy distinto corte y realidad. El barrio, por tanto, es el nexo de unión de todo este tejido emocional, un espacio crudo donde sus diferentes componentes acaban por desvelarnos su verdadera condición, sin filtros, sin prejuicios, sin dogma moral que reconduzca la realidad. Bajo el umbral de la asepsia emocional, el devenir de los acontecimientos suma extraños compañeros de viaje que rigen sus vidas por extrañas leyes no escritas, dueños del secreto de su pasado y portadores de una esencia que rezuma barrio por los cuatro costados.
Este proyecto, todo y haber tenido como origen la ciudad Barcelona, ha tomado un giro con el transcurso del tiempo, ha virado hacia lo que he acabado denominando “un barrio de la mente”, una especie de imaginario mental donde se entremezclan aspectos de diferente calado, una narración de la realidad que acaba tornando en ficción descarnada, tomando de algún modo como referencia a la “Generación del 98” entre otros (Los dramas filosóficos de Unamuno, el esperpento y expresionismo de Valle Inclán o el talento narrativo de Pío Baroja).
Sin más complejidad, en definitiva, presento un conjunto de diálogos visuales que intentan homogeneizar el mutante discurso de la calle bajo el paraguas y el amparo de la libre interpretación que nos confiere nuestra mente, un relato visual que no pretende sentar cátedra sobre la verdad o la realidad, más bien ampliar los campos de la imaginación, una experiencia vital.
Webcómic Lola la Poligonera, cómics de Lola, una chica malhablada, del dibujante José Luis Platero.
Aventuras cotidianas, pero a veces surrealistas de una joven del extrarradio llamada Lola, y de la gente que la rodea. A Lola le gusta la fiesta, el sexo, las discotecas y la moda choni. Estudia en una academia de peluquería y estética, y es una malhablada de mucho cuidado. Si está de mala leche, mejor no cruzarse con ella.
Cada historia trata de un tema diferente a la anterior, por lo que…nunca se sabe lo que puede ocurrir.
"Adolescentes con una imagen cuidada hasta el último detalle se citan al
lado del Apple Store, pasan la tarde allí, no entran nunca, ni siquiera
usan Apple, pero se reúnen en torno al edificio de Apple, a escuchar
música, hacerse selfies, ligar entre ellos o por Facebook, y a exhibirse
ante el resto de transeúntes que pasan de largo escandalizados."
Dos vídeos virales han hecho emerger una subcultura adolescente que
no tiene nada de alternativa, la de los nuevos milénicos que se reúnen
en torno a las tiendas Apple.
Como tantos barceloneses, el escritor y realizador Carlo Padial
pasaba casi a diario por la esquina de plaza Catalunya con paseo de
Gràcia, donde se ubica el gigantesco Apple Store, y se preguntaba qué
hacían las decenas de adolescentes que se apelotonan allí, simplemente
“estando”, haciéndose selfies en grupo, luciendo sus trabajados estilismos y pillando el wifi que les regala Tim Cook.
Ese fue el germen de un vídeo de menos de tres minutos que rodó para la web Playground y que ya lleva un millón de reproducciones entre Facebook
y YouTube. Este vídeo y su secuela, grabado en la discoteca Famee,
también de Barcelona, han servido para arrastrar a la superficie y a los
medios mainstream (como éste) una subcultura que en realidad no tiene nada de subterránea, los swaggers.
Jovencísimos, consumistas, y desacomplejados, los swaggers –el término viene de swag, un término análogo a rollo o tumbón que
popularizaron los raperos fanfarrones a principios de siglo– son los
verdaderos milénicos. No es que “crecieran” con el nuevo milenio como
los veinteañeros a los que se suele dar esta etiqueta, sino que muchos
nacieron ya pasada la frontera del 2000.
Algunos de sus comportamientos son idénticos a los de cualquier
grupúsculo urbano que les precede. Se visten para llamar la atención y
con un sincretismo de estilos, igual que hacían los peacock mods que se paseaban por la tienda Biba (sin comprar) en el Londres swinging, dándole vueltas al mismo foulard
de paramecios para que pareciera nuevo. Pero otros de sus rasgos son
radicalmente contemporáneos, como su manejo 100% profesional y
marketiniano de las redes sociales.
“Se organizan de manera absolutamente sistematizada y siguiendo una estructura piramidal”, explica a Verne Padial. Y eso se puede comprobar en su segundo vídeo, titulado Famee y Popus: la gran locura swagger.
Los “popus” son los populares, los cabecillas de lo swag,
“gente atractiva y con actitud”, según el realizador. Los popus suelen
ejercer de RRPP de las discotecas pero no lo hacen solos. Crean su
propio equipo de delegados, su ejército de chavales que se encarga de
dinamizar a la audiencia en Facebook y arrastrar gente a las fiestas.
Éstas, que tienen lugar en clubs como el Illusion, siguen el clásico
esquema del club light: no se sirve alcohol, empiezan a las
cinco de la tarde y puede entrar cualquier mayor de 14 años que lo pueda
demostrar con su DNI.
Viendo las imágenes de los chicos bailando Dem Bow, una variante acelerada del reaggeton de origen dominicano que requiere un movimiento de pies y trasero pariente del twerking,
cuesta creer que allí sólo se consuman refrescos. Claro que también
tienen un importante papel como combustible las bebidas energéticas como
Burn.
En cuestión de estilo, imperan los pantalones muy ajustados, los nano
(no ya micro) shorts para las chicas, las gorras o los peinados que
combinan zonas rapadas con tupé exagerado. Hay un obvio influjo hiphopero y puntos de convergencia con lo cani pero también hay quien le da un giro preppy,
como el chaval (de impecable estilo) de los pantalones arremangados y
la gorra roja que aparece en el primer vídeo o el de la pajarita del
segundo.
Esa mezcla “entre lo cool y lo quillo” es la que fascinó también al fotógrafo Ramiro E, que ha hecho una serie sobre los swaggers
del Apple Store. En conjunto, no es una escena que busque la
uniformidad sino la individualidad, igual que tienen cero interés en
situarse en los márgenes de la cultura o en ser alternativos (a nada).
Lo suyo es la centralidad, también literal: por algo ocupan el centro
mismo de las ciudades. En Madrid, por cierto, se reúnen en Sol.
Según Padial, que ha intentado acercarse al fenómeno “sin prejuzgar” y piensa seguir explorándolo en nuevos vídeos, los swaggers
españoles “son chicos que vienen muy nuevos, no tienen miedo a nada y
están muy mezclados. No creo que sean más consumistas que otra gente, lo
que son es más puros. No tienen discurso irónico y sirven muy bien como
imagen de lo que todos estamos viviendo. Todos queremos likes
en Facebook, pero ellos lo hacen a lo bestia”. En efecto, una buena foto
en el Illusion puede llevarse tranquilamente 5.000 “me gustas”.
Aunque el fenómeno es relativamente interclasista (más que el mundo cani),
es obvia la influencia de la inmigración latina y en este caso, la
diferencia se vive sin ningún tipo de estigma, como señalaban aquí, notando ese momento impagable del vídeo de Fame en el que el dj local Sweet Flow, tras hablar a cámara con su propio acento, un castellano peninsular bastante neutro, sube al escenario a montar su show y adopta un deje medio caribeño para decir: “Esa vainaaa”.
Begoña Gómez Urzaiz http://blogs.elpais.com/verne/2014/11/swagger-tribu-urbana-apple-store.html