Después de publicar un post sobre La Dani hace un tiempo, continuamos en Málaga de la mano de las fotografías de la increíble Lucía Padin que aquí os presentamos junto a las de otros componentes de la marca y colectivo junto a sus compañeros Livin Savage.
Cuando pienso en el barrio se me vienen a la cabeza las Nikes Shoxs y las cadenas de oro con el escudo del Málaga. Las zonas de la tradición: de la gloria y de la derrota. La zona de los pobres, de los jazmines en flor, de los parques fresquitos en verano con sus fuentes y los globos de agua tan hinchados que amenazan con explotar en tus propias manos, los hombres sin dentadura tomando Victorias frías, como si la vida dependiera de esos pequeños momentos, las madres y las flores; y los perros. Las sardinas en la Misericordia o en el Palo. Las peñas, los equipos de fútbol, los chándales, los insultos, los besos, las pintadas, los sueños de futuro lejos de esta plaza, de este lugar inerte (…). En fin, cuando hablo de barrio, en concreto de barrio malagueño, quiero aludir de forma directa a la Identidad y a la Realidad de la ciudad.
Livin Savage es un colectivo de personas que surge bajo la agradable estampa de la vida relajada de barrio, las noches veraniegas y las reuniones en las plazas o en los parques. Es imposible centralizar la creación de este grupo de jóvenes en una sola cosa porque la esencia de la misma reside en la diversificación de su producción. “Cada uno hace lo que mejor sabe hacer” es una de sus máximas. Que su fundación surja de forma relajada no significa que su producción lo sea: fanzines, fotografía, moda, serigrafía o carteles son algunas de las cosas que podemos encontrar en sus redes sociales. Siempre es un placer para nuestra ciudad que las nuevas generaciones de jóvenes estén activas y luchen por dignificar su papel cultural.
"El barrio es donde se concentra toda la esencia, donde el legado se transmite de generación en generación, es el que te cría y en el que te curtes. Como bien dices, en Málaga determinados barrios tienen un carácter histórico, como es El Perchel o Huelin. Es una pena que esto se vaya perdiendo y la gentrificación golpee tan duro. En Huelin, en Calle Arganda, cada vez es más complicado ver a señoras en corro tomando la fresca en las noches de verano y ya hay varios Airbnb… La gente de aquí que está destinando las antiguas casas de sus familiares al alquiler vacacional debería tomar conciencia y reflexionar sobre lo que está haciendo, ya que están cegados por el dinero fácil de esta horrible práctica amparada por la ley."
"La Inocencia" (2019) es la ópera prima de Lucía Alemany protagonizada por Laia Marull, Sergi López, Joel Bosqued y la joven promesa Carmen Arrufat que interpreta a una joven valiente y decidida, una adolescente que lucha contra viento y marea hasta encontrar su sitio. Se trata de una película que aborda con naturalidad temas reales, con un resultado muy fresco que respira “verdad”, y que concursado en la sección Nuevos Directores del Festival de San Sebastián 2019.
Sinopsis:
Lis es una adolescente que sueña con estudiar circo y salir de su casa familiar, una chica cuya vida está marcada por un padre muy autoritario y una madre apocada, en un pueblo castellonense donde todo el mundo se conoce. Es verano y a escondidas está saliendo con un chico mayor que ella, con el que vive sus primeras escaramuzas sexuales, de las que se queda embarazada. Lucía Alemany ha recurrido a sus propios recuerdos como base del guion de su debut en el cine, La inocencia, que se estrena el 10 de enero. En el reparto, Sergi López, Joel Bosqued y Laia Marull rodean a la protagonista, Carmen Arrufat, que lleva a la pantalla la fuerza de Alemany: "La base del proyecto es la verdad. Si no, ¿qué iba a rodar yo?", decía en el festival de San Sebastián la realizadora, cuya primera película participó en la sección Nuevos Directores.
A la izquierda, look de Maria Simún, la diseñadora de las traperas españolas. Centro, imagen de instagram de Cariatydes, derecha, look de la firma sevillana Maria Magadalena. FOTO: INSTAGRAM/MARÍA MAGDALENA
¿Quién mató a la ‘choni’ española?
La estética y la oda a la mujer de barrio inunda las tendencias en moda y cultura mientras el adjetivo peyorativo cae en desuso por las nuevas generaciones.
“No me seas choni”. En el último True Story de Anabel Lorente, conocida en redes como @catana3el por sus miniclips ilustrados sobre vivencias cotidianas con perspectiva de género, la protagonista se enfrenta a un dilema moral aparentemente simple: comprarse (o no) unos pendientes de aro rizados en Bershka. “Son de choni”, dice a su pareja mientras lucha interiormente con los prejuicios que el resto puede proyectar sobre su imagen si se los pone. Dilema existencial que resuelve con el sonido de una caja registradora acallando a sus miedos y una rumba de Peret a todo trapo.
“Ser choni no es malo de por sí”, aclara Alonso por teléfono, “se convierte en algo negativo cuando se utiliza como ofensa desde una clase más acomodada hacia otra que considera inferior”, añade. Alonso, hija de mestiza y “criada en un ambiente entre andaluz y gitano”, asegura que, pese a una raíces que le permiten “tener un contexto para poder hablar de ello sin ser clasista”, creció asumiendo que ser choni era “un especie de estigma”. La duda de Anabel en el Bershka cuenta con casi 10.000 likes en Twitter y se ha convertido en el post que, hasta la fecha, mejor le ha funcionado en Instagram. Miles de mujeres se han identificado con ese rechazo a ese “estigma” femenino. Las más jóvenes, más liberadas de prejuicios, lo comparten aplaudiendo por no atender a las imposiciones de estilo. Las mayores de 30, posiblemente, porque celebran ese portazo a un inconsciente que les recuerda que en su adolescencia nadie quería ser una choni. Ese era el adjetivo para humillar y señalar a mujeres de entornos obreros y sin acceso a la educación superior, a esas chicas que cometían la osadía de brillar a su manera, libres de los parámetros de la policía del decoro, la formalidad y la corrección acorde a las buenas chicas. “No me seas choni”, esa comparativa, se percibía entonces como un agravio. La RAE, de hecho, incluyó la acepción en 2014 y la limitó a un solo género (no hay hombres chonis para los académicos) como “mujer joven que pretende ser elegante e ir a la moda, aunque resulta vulgar”.
Pero, ¿qué ocurre cuando la moda, ya sea desde el lujo o desde el low cost para el pueblo llano, parece haberse puesto de acuerdo para inspirarse en (o apropiarse de) la estética de lo vulgar y del barrio? ¿Qué pasa cuando los referentes musicales y aspiracionales de toda una nueva generación visten con chándal y aros rizados –ahí está la imagen de Cardi B. anunciando su colaboración con Reebok–, plataformas, crop tops y llevan uñas de gel? ¿Cuando la educación sentimental de las chavalas se cultiva a través del estilo y jerga de las divas de barrio? ¿Tiene sentido, entonces, hablar de “chonis” hoy en día en términos ofensivos?
Cardi B, la nueva mujer maravillas de la moda: además de su contrato con Fashion Nova, acaba de estrenar otro como imagen de Reebok Classics. FOTO: CORTESÍA DE REEBOK
“El concepto ‘choni’ ha cambiado con respecto a las generaciones previas a la actual (o millennial). Es una palabra mucho menos utilizada por los jóvenes actuales y no creo que la vean peyorativa”, defiende Alicia Álvarez, doctora en comunicación y codirectora de uno de los fenómenos culturales del año, El Bloque, el programa sobre trap y cultura urbana que la televisión convencional, inexplicablemente, todavía no se atreve a producir y emitir. Álvarez, que también ejerce como directora creativa de Radio Primavera Sound, asegura que lo choni se ha vaciado de significado por “un cambio en el lenguaje” en una “generación de nativxs digitales” cuya “brecha que les separa de la generación anterior es mucho más grande, global, acelerada y mutante en sí misma”.
Una nueva hornada que escucha a La Zowi, se inspira en los maquillajes de Cariatydes y asiste al encumbramiento de Rosalía como paradigma total de este fenómeno: el mercado explota su imagen sabiendo que funciona igual de bien siendo imagen puntual de cosmética del lujo como YSL Beauty que como protagonista de una colección cápsula para Pull and Bear. Álvarez señala que la confirmación de la estetización global de la choni llegó cuando Riccardo Tisci encumbró a las cholas en su colección Victorian Chola para Givenchy en 2015. El fenómeno Kardashian, el trap, la fijación del lujo imitando a firmas nicho que ensalzaban la cultura del gueto como Hood by Air en Nueva York o Andrea Crews en París, el athleisure como tendencia global, Virgil Abloh consolidando el estilo de la calle hasta en Louis Vuitton, la exclusividad de Fendi viralizando sudaderas que imitan el logo de Fila, el encumbramiento de iconos pop de ex strippers como Cardi B o Amber Rose, así como el despegue millonario de firmas como Fashion Nova –el Zara que imita el estilo de las chicas de barrio fue la cuarta marca más buscada en 2017 por detrás de Chanel, Gucci o Louis Vuitton– han ido cocinado parte del resto. ¿La última señal de que las calles marcan la pauta? Que un diseñador como Kerby Jean-Raymond, que mezcla activismo y herencia urbana afroamericana en su firma Pyer Moss, se haya hecho con el prestigioso premio CFDA en EEUU hace apenas unos días.
En España, firmas como Maria Ke Fisherman, Krizia Robustella o Maria Escoté han triunfado con su reinterpretación y pastiche de los símbolos de distintas tribus urbanas de las últimas décadas: creaciones influenciadas por el hip hop, el chonismo o lo bakala. María Simún, con sus diseños a lo Yeezy, es la creativa favorita de las artistas del trap. Lo marginal se convierte en tendencia adaptándose a nuevos tiempos. Alejandra Jaime, diseñadora sevillana y creadora de la firma Maria Magdalena, que también bebe de este tipo de estética, rechaza la persistencia de la choni y apuesta por una transformación generacional del concepto en sí. “Una choni o una cani (como decimos aquí en Andalucía) me traslada directamente a los 2000, y define un tipo de mujer que en aquella época solía ir vestida de leopardo y dando voces por la calle, enemiga principal de las pijas y sin ningún problema para tirarles de los pelos porque sí en una fiesta”, destaca. La transformación de lo peyorativo del término, para Jaime, es un hecho. “Ya prácticamente no existe. Ha desaparecido por la evolución social. Y ahora yo aplico el término de manera totalmente positiva. Creo que nos hemos quedado con una parte muy beneficiosa para la mujer de lo que significaba ser choni. Creo que ahora eso significa que no tienes que ser perfecta ni seguir los cánones de belleza, de moda, sociales o culturales, y que te permites ser borde con quien no te respeta y vives tu sexualidad con la mayor de las libertades”, defiende.
Uno de los looks de la colección ‘Integración’ de Maria Magdalena. FOTO: CORTESÍA DE ALEJANDRA JAIME
Una evolución de empoderamiento que también se percibe en el mundo del trap. Álvarez asegura que, en el género, a las chonis ni se las menciona ni se las espera. “En las letras de canciones no se utiliza la palabra “choni”, personalmente cuando escucho la palabra viene de alguien mayor de 35 años (y sí, suele ser de forma despectiva)”, aclara y resalta que “en las canciones actuales se utiliza sobre todo ‘ratchet’, y no solo en las letras sino en las entrevistas. La Zowi por ejemplo utiliza mucho esta palabra y me parece super-representativa; suele repetir en sus letras “mis ratchets”, “mis bitches”, mis “putas”, mis “hoes” en referencia a su “gang” (grupo de amigas); también se podría teorizar sobre su uso de la palabra “puta” por cierto, y de cómo Zowi la ha re-conceptualizado”, aclara. Ellos tampoco parecen tener preferencia por el adjetivo: “Hay un tema de Yung Beef titulado Ratchet Luv (Amor de Yoli) que me hace pensar en un paralelismo entre choni, ratchet y yoli (podríamos extraer del título de la canción que ratchet y yoli son equivalentes). De todas formas creo que “ratchet” tiene un significado más de empoderamiento que la palabra “choni”; diría que choni es algo más genérico y que ratchet se utiliza para designar a las mujeres-gangster o las mujeres rodeadas de un halo de peligrosidad (también vinculadas al lujo en cierta medida), tanto desde la actitud como desde la imagen. Si te fijas en la estética de Rosalía es innegable que tiene un aire ratchet (o raxeta, como el título del primer tema de la Zowi)”.
“La RAE se ha quedado choni -desfasada- en la definición del vocablo”, sentencia la periodista María Irazusta (autora de Eso lo será tu madre y Las 101 cagadas del español, ambos editados por Espasa). “La choni auténtica no pretende seguir la moda sino ‘su moda’ que, en ocasiones, fue moda para otras tribus (como la de los pijos) años atrás”, defiende. Irazusta asegura que lo choni ahora se exhibe “con orgullo”, aunque “tímidamente”. Álvarez también apoya una evolución positiva, aunque con reservas frente a una asimilación total sin clasismo o condescendencia. “El hecho de que palabras como “ratchet” o “chola” estén de moda y sean algo cool entre la nueva generación me parece un camino perfecto y una oportunidad para acortar determinadas distancias entre clases –tal y como lo es que Bershka esté de moda (no olvidemos que Princess Nokia es imagen de Bershka y Bershka es uno de los sponsors de un festival como Sónar)–, pero que para que dejemos de ser clasistas o se dejen de usar palabras como “choni” o “ratchet” de forma peyorativa el cambio social y educativo ha de ser mucho más profundo”. La diseñadora Alejandra Jaime lo resume de forma ilustrativa: “Los que consideren ofensivo el término simplemente no entenderán esta visión renovada y tendrán ese concepto del 2000. Supongo que también tiene que ver con esa tiranía con la mujer. La gran parte de la sociedad quiere seguir fabricando a princesas delicadas y casi virginales”.
MATANGI / MAYA / M.I.A.
Año: 2018
Director: Stephen Loveridge
Sinopsis:
Dos décadas de vídeos caseros nos revelan la vida de M.I.A., primero como refugiada en Londres huyendo de la guerra en Sri Lanka y luego como estrella en un negocio que no tolera posicionamientos políticos. Cineasta de vocación, M.I.A. empezó a grabar hace veintidós años su vida y la de su entorno en el sur de Londres, donde su familia, de origen tamil, se había refugiado escapando de la guerra. El ingente material en vídeo que llegó a acumular permite ahora reconstruir su periplo vital como joven inmigrante para la cual la música era la única brújula para ubicarse en el mosaico racial londinense. Y todo lo que vino después: su descubrimiento del hip hop y la música urbana, su efímera colaboración como documentalista con Elastica (de muy distinto estrato social), la búsqueda obsesiva de su propio sonido y de su propia historia, los viajes a Sri Lanka, la visita de su padre (líder guerrillero tamil), su estrellato repentino y su determinación para aprovechar ese estatus para denunciar un genocidio del que ni Europa ni Estados Unidos ni los que cortan el bacalao en la industria del entretenimiento siquiera querían oír hablar (sinopsis de In-edit).
Sobre unas grabaciones caseras de una fiesta familiar en las que una niña baila sonriente, una voz en off confiesa: “La música era mi medicina, tenía que lidiar con el hecho de que era diferente. Era una inmigrante. En Sri Lanka me disparaban por ser Tamil, y en Inglaterra me escupían por ser una Paki”. La voz es la de Matanghi Maya Arulpragasam, la misma niña de pelo corto que baila feliz en la filmación, más conocida como M.I.A, y tanto el tono confesional y desgarrador de la narración como la intimidad y ternura de las imágenes rescatadas de filmaciones caseras familiares nos avisan de que lo que vamos a ver no se ajusta demasiado a la idea estándar de documental biográfico sobre la carrera de una estrella mundial de la música.
Con “Matangi/Maya/M.I.A.”, el director Steve Loveridge nos ofrece una visión extremadamente íntima y humana de un personaje y una historia apasionantes, en un relato crudo y emocionante donde confluyen política, identidad, arte y activismo. “Todos aquellos inmigrantes que llegaron a Londres y se enfrentaron a todo por primera vez… No había otros refugiados más antiguos con los que hablar. Mi madre de repente se convirtió en una mujer que conducía un coche, tenía tres trabajos a la vez, criaba a tres hijos y estudiaba inglés, y no tenía a nadie con quién hablar. La cámara era una herramienta necesaria. Era como terapia, una forma de comunicarse”. Fruto de esa terapia son las más de setecientas horas de filmaciones caseras que M.I.A. puso en manos de Loveridge hace diez años para hacer un documental. “Steve ha estado presente de forma constante en mi vida, es el amigo de la facultad que presenté a mi familia, no es nada macho, no avasalla a la gente, es muy sensible con los temas complicados y no juzga ni generaliza. Creo que es muy importante encontrar gente con tanta sensibilidad, y él la tiene”.
El resultado de ese voto de confianza es un documento excepcional en el que los elementos de la fama y el éxito quedan en segundo plano para centrarse en la historia de Maya, la persona detrás de M.I.A.: hija del fundador del Movimiento de Resistencia Tamil, refugiada en Inglaterra debido a la guerra civil en su Sri Lanka natal, activista política, madre y auténtico huracán de creatividad e inconformismo. “Hoy en día se ha extendido otra vez un relato acerca de la inmigración y los refugiados que es una de las razones por las que tenemos a Trump, el Brexit o la vuelta de la extrema derecha en toda Europa, otra vez”. Ese difícil equilibrio entre la conciencia política, el arte como medio de expresión y las contradicciones y conflictos derivados de la fama es el eje central sobre el que se desarrolla la cinta. Alrededor de ese eje, una creadora incansable en perpetua evolución, y mucha y muy buena música. “No quiero que esta película se limite a una historia sobre los inmigrantes, o como un viaje acerca de la raza y el género. En la película también intento ser creativa y quiero ser aceptada por ser creativa”.
“Matangi/Maya/M.I.A.” supone un viaje visual fascinante, en el que nos asomamos sin glamour ni maquillaje a la historia de una artista única. “El shock inicial de ver tanto material personal en el documental fue difícil, me sentí muy vulnerable la primera vez que lo vi, pero después se lo enseñé a mi familia, y les encantó. Es un documental sobre mí, pero a la vez incluye a muchas otras personas, es algo muy sensible. Steve es un buen tío y fue cuidadoso, no le ha arruinado la vida a nadie”.
Sin cuestionarse su género. Es un hombre muy maricón que no duda ni de su sexo ni de su homosexualidad, no se siente como un modelo a seguir, ni influencia de nada. No entra en política, pero claramente tiene su postura en contra del patriarcado. Siempre fue una niña muy inquieta, interesada en lo visual y en lo estético. También se autodefine como “un maricón pintao con sus botines, pieles, oros y un buen rizo nena”.
Una tarde, mientras bebía cervezas con Las amigas, La Dani le comenta a Guille (Estereotipo), su mejor amigo músico, si le gustaría grabar una canción juntos para ponerla de tono de llamada en el móvil y cantar con las amigas, a lo que Estereotipo contesta: ¿Quién le dice que no a La Dani?. Es así como nace su primer hit, titulado "Como Beyoncé".
"Trapical" es el concepto y género musical que nace de la mano de La Dani y Estereotipo que fusiona sonidos tropicales: reggaeton, cumbia, dembow, bachata… siempre de la mano del autotune tan característico en la escena del trap.
En tus vídeos vemos muchas referencias a los 90 y a los 2000. Por otra parte también lo enmarcas todo en Málaga, dándole especial protagonismo a la cultura de barrio. ¿Cuál es tu background? ¿Con qué referentes has crecido?
Yo soy de Málaga, me he criado en la Victoria, así que ese es mi background, el barrio. Yo escuchaba absolutamente de todo, pero todo muy de barrio. Desde el Tijeritas hasta Operación Triunfo. También me ha interesado siempre muchísimo el flamenco, llegando hasta cosas más indies o poperas. En cuanto a mi background estético… no soy católico, pero me he criado en una familia en la que mi abuela va a misa todos los domingos, yo he ido a un colegio de curas… así que toda la iconografía religiosa me apasiona. Sobre todo el barrio, Calle la Victoria, Lagunillas… yo he llevado chándal, he llevado oros… y lo sigo haciendo, porque me parece la hostia. Todo lo demás, lo que no es barrio, ya ha sido por inquietud propia.
Imagen por Marta O Nilsson de la expo sobre La Dani realizada el año pasado.