MATANGI / MAYA / M.I.A.
Año: 2018
Director: Stephen Loveridge
Sinopsis:
Dos décadas de vídeos caseros nos revelan la vida de M.I.A., primero como refugiada en Londres huyendo de la guerra en Sri Lanka y luego como estrella en un negocio que no tolera posicionamientos políticos. Cineasta de vocación, M.I.A. empezó a grabar hace veintidós años su vida y la de su entorno en el sur de Londres, donde su familia, de origen tamil, se había refugiado escapando de la guerra. El ingente material en vídeo que llegó a acumular permite ahora reconstruir su periplo vital como joven inmigrante para la cual la música era la única brújula para ubicarse en el mosaico racial londinense. Y todo lo que vino después: su descubrimiento del hip hop y la música urbana, su efímera colaboración como documentalista con Elastica (de muy distinto estrato social), la búsqueda obsesiva de su propio sonido y de su propia historia, los viajes a Sri Lanka, la visita de su padre (líder guerrillero tamil), su estrellato repentino y su determinación para aprovechar ese estatus para denunciar un genocidio del que ni Europa ni Estados Unidos ni los que cortan el bacalao en la industria del entretenimiento siquiera querían oír hablar (sinopsis de In-edit).
Sobre unas grabaciones caseras de una fiesta familiar en las que una niña baila sonriente, una voz en off confiesa: “La música era mi medicina, tenía que lidiar con el hecho de que era diferente. Era una inmigrante. En Sri Lanka me disparaban por ser Tamil, y en Inglaterra me escupían por ser una Paki”. La voz es la de Matanghi Maya Arulpragasam, la misma niña de pelo corto que baila feliz en la filmación, más conocida como M.I.A, y tanto el tono confesional y desgarrador de la narración como la intimidad y ternura de las imágenes rescatadas de filmaciones caseras familiares nos avisan de que lo que vamos a ver no se ajusta demasiado a la idea estándar de documental biográfico sobre la carrera de una estrella mundial de la música.
Con “Matangi/Maya/M.I.A.”, el director Steve Loveridge nos ofrece una visión extremadamente íntima y humana de un personaje y una historia apasionantes, en un relato crudo y emocionante donde confluyen política, identidad, arte y activismo. “Todos aquellos inmigrantes que llegaron a Londres y se enfrentaron a todo por primera vez… No había otros refugiados más antiguos con los que hablar. Mi madre de repente se convirtió en una mujer que conducía un coche, tenía tres trabajos a la vez, criaba a tres hijos y estudiaba inglés, y no tenía a nadie con quién hablar. La cámara era una herramienta necesaria. Era como terapia, una forma de comunicarse”. Fruto de esa terapia son las más de setecientas horas de filmaciones caseras que M.I.A. puso en manos de Loveridge hace diez años para hacer un documental. “Steve ha estado presente de forma constante en mi vida, es el amigo de la facultad que presenté a mi familia, no es nada macho, no avasalla a la gente, es muy sensible con los temas complicados y no juzga ni generaliza. Creo que es muy importante encontrar gente con tanta sensibilidad, y él la tiene”.
El resultado de ese voto de confianza es un documento excepcional en el que los elementos de la fama y el éxito quedan en segundo plano para centrarse en la historia de Maya, la persona detrás de M.I.A.: hija del fundador del Movimiento de Resistencia Tamil, refugiada en Inglaterra debido a la guerra civil en su Sri Lanka natal, activista política, madre y auténtico huracán de creatividad e inconformismo. “Hoy en día se ha extendido otra vez un relato acerca de la inmigración y los refugiados que es una de las razones por las que tenemos a Trump, el Brexit o la vuelta de la extrema derecha en toda Europa, otra vez”. Ese difícil equilibrio entre la conciencia política, el arte como medio de expresión y las contradicciones y conflictos derivados de la fama es el eje central sobre el que se desarrolla la cinta. Alrededor de ese eje, una creadora incansable en perpetua evolución, y mucha y muy buena música. “No quiero que esta película se limite a una historia sobre los inmigrantes, o como un viaje acerca de la raza y el género. En la película también intento ser creativa y quiero ser aceptada por ser creativa”.
“Matangi/Maya/M.I.A.” supone un viaje visual fascinante, en el que nos asomamos sin glamour ni maquillaje a la historia de una artista única. “El shock inicial de ver tanto material personal en el documental fue difícil, me sentí muy vulnerable la primera vez que lo vi, pero después se lo enseñé a mi familia, y les encantó. Es un documental sobre mí, pero a la vez incluye a muchas otras personas, es algo muy sensible. Steve es un buen tío y fue cuidadoso, no le ha arruinado la vida a nadie”.
A passion project close to his heart, filmmaker and director Dan Emmerson grew up immersed amongst Northern subcultures, so it was only right that one day he’d find an opportunity to document them visually.
'Gannin Hyem' draws comparisons between days gone by and the modern age through the sport of Whippet Racing, exploring Geordie culture and youth lifestyles along the way. A pastime that has slowly dwindled over the decades, there are still a core group of supporters racing regularly with dogs they’ve cared for and nurtured for years.
Taking a mixed media approach to the film, Dan made use of both digital and analogue formats to truly capture the gritty nature of the North represented in the content. Archival footage was also uncovered that revealed the origins of the culture, allowing the viewer to compare the two and see how the region has evolved years down the line.
“The film, for me, isn’t about Whippet racing so much. It’s more about the North East, identity and what young are people are doing now.”
The spectral presence of Thatcherism haunts the films seven-minute running time (you can almost hear her whispering “there’s no such thing as society” as Emmerson cuts to archive footage of people dog-walking in front of decimated collieries), with Whippet racing’s slow decline mirroring of small, dismantled communities left behind by Conservative governments. “It’s still there, they’re still clinging onto Whippets, but it’s a very post-industrial vibe. You feel that now,” notes Emmerson, on the similarities.
While the film ends on a semi-poignant note (courtesy of Josh, who, as a young person involved in Whippet racing, serves as Gannin Hyem’s sole contrast to vaping, adolescent indifference), it remains, ultimately, a short, sharp documentation of a subculture at its most localised. It’s about the beauty – and inevitable demise – and of the idiosyncratic. Why aye.
“(I love) the bond between people and their dogs,” he explains. “When I was doing it, a lot of people were like, ‘that’s so cruel.’ But, if you’ve got a long dog like a Whippet or a lurcher or a greyhound, that is what they love – they love to run like that. It looks a bit gnarly when you put them in a cage and put a cloth 100 metres away, but they love it. At the end of it, they’re so hyped. All they wanna do is do it again. Once you see that, it makes total sense.”
Por qué no deberías meterte con los 'canis'
Iago Dávila
21/05/2014
Owen Jones (Sheffield, 1984) ha estado estos días en el CCCB, el Círculo de Bellas Artes de Madrid y la Universidad Complutense hablando de cómo nos hemos habituado a la desigualdad y cómo los más desfavorecidos están pagando por ello. Con sólo 29 años, este periodista y comentarista británico, que colabora de forma regular con 'The Independent' y 'The Guardian', puede presumir de ostentar el galardón de Mejor Escritor Joven de Reino Unido y de haber colado su primer libro, 'Chavs: la demonización de la clase obrera' (Capitán Swing) entre los mejores de 2011 según el 'New York Times'.
Para los que no lo sepáis, los 'chavs' son una especie de versión británica de los 'canis' españoles: jóvenes de barrios deprimidos, que ni estudian ni trabajan, dependientes de las ayudas sociales, racistas, maleducados, alcohólicos y que lucen un look hortera y prendas falsas de primeras marcas (especialmente Burberry).
La proliferación de 'chavs' en Reino Unido en los últimos años ha sido tal, que en los principales medios del país se dedican extensos reportajes sobre su estilo de vida y, tanto las élites como la clase media, los considera basura blanca y se burlan de ellos en foros de internet y programas de televisión.
En el prólogo de 'Chavs: la demonización de la clase obrera', Jones cuenta cómo durante una cena en su casa uno de los invitados dijo: "Cierran Woolworth's (un centro comercial inglés de precios bajos). ¿Dónde comprarán ahora los 'chavs' sus regalos de Navidad?". Entre los asistentes había gente con formación universitaria, de ideas de izquierdas, gays y negros. Y todos rieron a carcajadas.
Desde la perspectiva de Jones, el rechazo a los 'chavs' es el resultado de una estrategia del neoliberalismo (que luego han abrazado los socialistas) para responsabilizar a las clases trabajadoras de sus desgracias, justificando así la existencia de élites que acumulan la mayor parte de la riqueza.
Su libro no sólo ha vendido millones de copias en todo el mundo, también ha devuelto a la arena política el debate sobre la conciencia de clase. Este concepto, que puede sonar caduco en el siglo XXI, vuelve a estar de absoluta vigencia en la situación que atravesamos, y la lectura del ensayo de Jones (que, por otro lado, es ameno y cargado de ejemplos que te dejarán con los ojos abiertos) te hará reflexionar sobre tu papel en este proceso de demonización.
Ayer tuvimos la suerte de compartir unos minutos con este niño prodigio del periodismo británico, durante los que hablamos de por qué no hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, del machismo de Cañete y de las amenazas en Twitter. Bueno, y de 'chavs', Wayne Rooney y programas como 'Geordie Shore' y 'The Valleys'.
GQ: Tu primer libro trataba sobre los 'chavs' en Inglaterra. ¿Se puede trasladar este fenómeno a otros países?
Owen Jones: Sí, claro. En los países ricos te encuentras a un grupo de gente que acumula el poder y los recursos y otro que lucha para salir adelante y cuidar de sus hijos. Y eso tiene que justificarse de alguna manera, que es a través la demonización de los débiles. Porque el discurso de las élites es que los ricos se lo han ganado porque trabajan duro, son más inteligentes y son mejores personas. Y los que están abajo se merecen esa posición porque son estúpidos, son vagos y están estancados. Esto ocurre porque antes los problemas sociales, como el desempleo o la pobreza, se veían como un mal funcionamiento de la Administración, un error del sistema. Pero con la llegada del neoliberalismo, todos estos asuntos empiezan a considerarse fallos personales: si eres pobre, es porque no te esfuerzas; si no tienes trabajo, es porque no lo buscas con suficiente ahínco. Así que, efectivamente, los 'chavs' son un fenómeno británico, pero –con sus particularidades– se puede trasladar a cualquier país que esté en las mismas condiciones.
GQ: Al comienzo de esta crisis, el presidente del Gobierno de España dijo que habíamos estado viviendo "por encima de nuestras posibilidades". ¿Es ésta una manifestación de era estrategia del poder para criminalizar al ciudadano?
OJ: Efectivamente, y es una estrategia muy inteligente, culpar a los ciudadanos de los crímenes de las clases poderosas. Esta crisis que estamos viviendo fue causada por el sector financiero, que estaba fuera de control, impulsado por la codicia y promovido por gobiernos que desregularizaron el mercado. Esto ha llevado a la quiebra, con distintas intensidades, de todas las economías de Europa Occidental, y con comentarios como ése se utiliza a los ciudadanos, que nada han tenido que ver con el origen de la crisis, como cabezas de turco. Para que lo entiendas, es como si los tipos que están en el poder celebran una fiesta, destrozan el local y luego hacen que pagues tú la factura. Y encima te dicen que es tu culpa, porque dejaste que ocurriese. La realidad es que el nivel de vida estaba bajando y la gente tuvo que recurrir a créditos baratos, cuando lo lógico era que subiesen los salarios y no tener que endeudarse. Lo que hay que hacer ahora es impedir que los causantes de esta situación se vayan de rositas y asuman las consecuencias de lo que han hecho.
GQ: Algunos críticos te acusan de idealizar a la clase trabajadora. ¿Hay algo de cierto en el cliché del 'chav'?
OJ: Por supuesto que hay gente disfuncional. En el primer capítulo de 'Chavs' cuento el caso de una mujer que secuestró a su hija para conseguir dinero. No se puede ser más disfuncional que eso. Mi postura es que esa gente no representa a nadie más que a ellos mismos, y lo que no pueden hacer los medios de comunicación es convertirlos en la punta del iceberg de todo un colectivo de gente trabajadora. El año pasado, por ejemplo, vivimos en Inglaterra el caso de un asesino, que quemó su casa y mató a sus siete hijos. Un acto despreciable, y obviamente fue juzgado y condenado a prisión. Pues bien, la portada del segundo diario más leído del país, el 'Daily Mail', rezaba "El resultado violento del estado de bienestar en Reino Unido". Es decir, utilizan a individuos para representar a todo un grupo social. La mayoría de las personas que están en ese estrato lucha a diario para sacar adelante a sus familias. Es lo mismo que se dice con el alcohol: los pobres son los que tienen problemas con la bebida. Si ves las estadísticas, los ricos beben más que los pobres. Es lógico, porque necesitas dinero para comprarlo. Si, por ejemplo, tomásemos el caso también inglés de un médico que asesinó a 200 de sus pacientes, a nadie se le ocurriría decir que todos los médicos son unos asesinos, o que sus orígenes tienen algo que ver con sus actos.
GQ: ¿Cuál es la diferencia entre el fenómeno 'chav' y otras comunidades obreras que también han sido demonizadas, como los mods o los punks?
OJ: Esas son subculturas con las que sus integrantes se identifican y se definen por su ropa y por la música que escuchan. "Chav" es un insulto, nadie se llama a sí mismo "chav". No hay ningún tipo de cultura asociada a este grupo social.
GQ: ¿Y no podríamos decir que programas como 'Geordie Shore' o 'The Valleys' son la manifestación cultural de los "chavs"?
OJ: No, ya que ningún espectador se ve representado por los personajes que aparecen en ellos. Estos programas son sensacionalistas y en sus casting buscan a individuos peculiares y, desde luego, ellos no se consideran "chavs". Catalogar a alguien de "chav" es insultante, porque es un calificativo que se atribuye a alguien, no por el que alguien se defina a sí mismo. Así, hay gente que inventa acrónimos como Council House And Violent o Council House And Vulgar. O sea, que se asocia directamente a los orígenes de esta gente.
GQ: Insistes mucho en la importancia del lenguaje con el que nos referimos a los colectivos desfavorecidos. El otro día, por ejemplo, el candidato del Partido Popular en las Elecciones Europeas, Miguel Arias Cañete, dijo que "es muy difícil demostrar superioridad intelectual cuando debates con una mujer porque corres el riesgo de que te tachen de machista". ¿Qué opinas?
OJ: Decir eso es todavía más machista, obviamente. El sexismo y la misoginia son grandes problemas en toda Europa. Por ejemplo, en el Parlamento británico sólo el 20% de las representantes son mujeres. Y a diario ves cómo se trata con condescendencia a mujeres que están en cargos públicos. Éste no es un problema exclusivo de la derecha, también lo es de la izquierda. En general, a cualquier mujer que sea una figura pública y tenga opiniones sólidas acerca de cualquier tema se le ataca y se le trata con paternalismo. ¡En cuántas ocasiones hemos presenciado que se criminalizaba a víctimas de violaciones por la ropa que llevan! Es inaceptable, y creo que debería ser un eje central del debate público en estos momentos. Al año, en Gran Bretaña, 1,2 millones de mujeres sufren violencia doméstica, 400.000 padecen acoso sexual y 80.000 son violadas. Y va más allá de eso: el problema es la forma en que las mujeres son tratadas y convertidas en objetos sexuales inferiores al hombre. Hay que terminar con todo eso.
GQ: Siguiendo con la actualidad española, recientemente ha sido asesinada la presidenta de la Junta de León, que pertenece al partido que ostenta en el poder. Algunas personas que han celebrado este asesinato en las redes sociales están siendo ahora juzgadas y encarceladas, lo que ha provocado que otros colectivos reclamen las mismas medidas contra quien promueva la violencia contra judíos, inmigrantes o comunistas. ¿Es necesario crear una legislación a este respecto o internet se regula solo?
OJ: Gente desagradable y horrible hay en todas partes. Yo mismo recibo amenazas continuamente. Pero no creo que haya que meter en la cárcel a toda la gente que es ofensiva. Cuando se trata de amenazas de muerte dirigidas a minorías deberían ser perseguidas. Si alguien pinta en el muro de tu casa "Matemos a los judíos", es un delito. Y me da igual que sea en el muro de tu casa o en las redes sociales, es intolerable. En Reino Unido hay una clara diferencia entre amenazar de muerte y ser ofensivo. No creo que los segundos debieran ser arrestados, pero si incitas a la violencia, entonces la legislación debe intervenir.
GQ: Algunos jugadores de fútbol, como Wayne Rooney, están considerados 'chavs' por un amplio espectro de la sociedad inglesa. ¿Crees que ídolos de estos colectivos como él deberían realizar algún tipo de acción para favorecer a las comunidades de donde provienen y defender sus derechos?
OJ: La razón de que a personajes como Rooney se les siga tachando de 'chavs' es por sus orígenes: da igual cuanto dinero tengas, naciste entre la basura y siempre serás basura. En todo caso, no creo que el cambio de este tipo de actitudes dependa de actuaciones individuales de personajes famosos. El cambio se produce por la acción colectiva, aunque obviamente ayuda que ellos se comprometan. Cheryl Cole, por ejemplo, sí que ha defendido sus orígenes. Pero no tenemos que reclamar responsabilidades a los que han salido de esa situación, sino a quienes la han provocado.
GQ: ¿Crees que tu libro ha devuelto el debate sobre clases a la palestra política?
OJ: Bueno, los libros son sólo libros, y la verdad es que éste funcionó mucho mejor de lo que esperaba. Creo que gran parte de su éxito se debió a que salió en el momento oportuno, ya que la conciencia de clase era algo que había sido enterrado en el debate político. La salida del libro coincidió con la llegada de un partido conservador en el gobierno, que aprobaba medidas para beneficiar a las élites mientras la gente perdía sus empleos e incrementaba el número de dependientes de las ayudas sociales… Así que los problemas de clase han vuelto por sí mismos.
GQ: A la vista de los discursos de algunos políticos durante esta campaña electoral, ¿podríamos decir que España es la 'chav' de Europa?
OJ: Supongo que dices esto por la postura de algunos políticos alemanes. Es el típico prejuicio de los mediterráneos vagos que se gastan las ayudas sociales frente a la productividad germánica. Es ridículo. España era una economía floreciente antes de la crisis, no había déficit, y la razón de que se arruinase no tiene nada que ver con sus ciudadanos, sino con las acciones de las élites en este país, en Reino Unido y en tantos otros lugares. Yo creo que si tú le prestas dinero a gente que no lo puede devolver, eres tanto o más responsable que ellos de su situación. Mi intención es acabar con las barreras nacionales y que los ciudadanos se den cuenta de que estamos todos en la misma situación. Si eres cajero de supermercado, o estás desempleado, o eres enfermera, da igual que estés en Madrid, en París o en Manchester, afrontas los mismos problemas que el resto: ingresos bajos, inseguridad laboral, recortes en las ayudas sociales y élites que viven muy bien. Así que estamos todos en el mismo barco, y la única manera de revertir esta situación es unirnos.
The selfish giant, el nuevo cine social de Clio Barnard.
Un hacha y un caballo. Eso es
lo que necesitan Arbor y Swifty para sobrevivir. Apenas tienen trece
años, pero la miseria posindustrial que azota Bradford, su pequeña
ciudad al norte de Inglaterra, les obliga a ganarse la vida solos.
Expulsados del colegio por pelearse con quienes se burlan de su olor a
proletarios, comienzan a robar chatarra para vendérsela a un estafador.
Inspirada en una fábula de Oscar Wilde, The selfish giant es una cruda metáfora del capitalismo, la explotación y la amistad, filmada por Clio Barnard.
Si los niños del cuento de
Wilde aprovechan las ausencias del gigante para disfrutar de su jardín,
Arbor y Swifty hacen lo propio con los obreros que descuidan sus bobinas
de cable de cobre. Robárselas es su felicidad traducida en una puñado
de libras que les da el explotador Kitten y con las que,
paradójicamente, pagan la luz que el cable lleva a sus casas.
Desbordados por las deudas y los conflictos domésticos, sus padres
apenas pueden darles de comer, y no se imaginan de dónde sale el dinero
que los chicos llevan a casa.
“Ten cuidado de que no te lo
coja tu padre”, advierte Arbor a su amigo. El pequeño niño rubio
interpretado por Conner Chapman es una secuela de Oliver Twist, un
pícaro que roba chatarra a su patrón para vengar sus abusos. Un niño
hiperactivo que trepa por los postes de alta tensión soñando con cortar
sus cables, como los personajes de Oscar Wilde trepaban por el árbol que
les mostraba su jardín.
Swifty (Shaun Thomas), en
cambio, es ingenuo, fiel y trabajador. Él lleva las riendas del trotón
con el que los dos empiezan a robar cobre, al que ambos cuidan. Y sin
embargo serán los caballos los que lo distancien de Arbor. Porque Kitten
no sólo trapichea con el cobre. También apuesta en carreras, y nombra a
Swifty su jokey titular. Arbor decide entonces vender la chatarra
robada, y se arrepentirá de haber pisado ese jardín…
Ambientada en la Inglaterra post-Thatcher, The selfish giant es un retrato hiperrealista de la sociedad postindustrial a la medida de la serie The Wire
en EE.UU.. Un film con trazos muy reconocibles del documental que
alimenta a Barnard, que ideó la película cuando conoció a dos niños
chatarreros durante el rodaje de The Arbor. No
es de extrañar que comparen con Ken Loach a esta cineasta que utiliza
los silencios y el tiempo real para crear una atmósfera de angustiosa
empatía con sus personajes.
"El gigante de esta versión es Kitten, el dueño de un tiradero de
chatarra y dueño de un caballo de carreras. El cual tendrá gran peso en
la historia. Especialmente en una escena de carreras de caballos al
estilo inglés, que nos recuerda aquellas de Ben-Hur. Sin la gloria del
mundo antiguo. Pues en esta competencia no hay ganadores.
Una película no es buena porque logre ceñirse a una historia, ya sea
una leyenda o un cuento de un escritor, sino por lograr reinterpretar
esa parte de la historia donde anida en el alma humana, sus
contradicciones y sus virtudes. En esta ocasión Clio ha logrado volver a
contar una historia, adaptándola a otro vehículo (el cine) y al mundo
contemporáneo.
Con agilidad la historia se desarrolla sin dejar cabos sueltos. Y la
violencia que prevalece a lo largo del filme es sin duda más horrorosa
que cualquier escena de disparos o decapitaciones. Es una violencia
calculada. Lo cual desde el principio nos hace intuir que no habrá lugar
para finales felices."
Gonzalo Trinidad Valtierra http://www.revistamilmesetas.com/ficm-the-selfish-giant-de-clio-barnard
Si Jersey Shore
y sus protagonistas italo-americanos obsesionados con el gimnasio, los
rayos uva y la lavandería, (además del alcohol y el sexo) te parecieron
unos locos; si los Geordie Shores te parecieron unos exhibicionistas borrachos impresentables y los jóvenes de Gandía Shore unos palurdos descerebrados, lo primero es decirte que tenías razón en todo. Y lo segundo, que aún no has visto nada. Prepárate para lo nuevo de MTV; The Valleys.
MTV, inventora de los videoclips y referente de la música en televisión
ha ido girando hacia Dios sabe donde para hacerse dueña y señora de un
tipo de reality muy especial. Un género que encumbró a los shores y a
los geordis y a los que tenemos más cerca, los gandía-shores. Ahora, su
última vuelta de tuerca a este formato ha sido The Valleys, reality que
se estrenó hace un tiempo en nuestro país y que cuenta la vida loca
(demencial, más bien) de 9 jóvenes pueblerinos que quieren ser modelos,
actores djs y cantantes. Para ello el programa les da la oportunidad de
abandonar sus aldeas de la zona galesa conocida como The Valleys para
trasladarse a Cardiff, la capital de Gales,
que para esta gente viene a ser como Manhattan con tractores. Allí,
nuestros tarados intentarán hacerse un hueco en la gran ciudad y dejar
atrás sus aburridas vidas de aldeanos.
Dejando a un lado (pero muy a un lado) el puritanismo yankee que
pixelaba hasta los cigarros, en The Valleys se ven tetas y culos casi
desde el minuto uno. Pero el factor pueblerino no es fácil de dejar
atrás, amigos, y así, cuando uno de ello confiesa que es gay, los
rebeldes y desenfrenados exhibicionistas pasan a ser unos mojigatos
llenos de pudor que se duchan con gallumbos y calcetines puestos (lo de
los calcetines… no se…igual es algún tipo de fetichismo galés que una
servidora no entiende). “En fin -piensan ellos- no vaya a ser que el gay
este no se pueda controlar y nos pete el cacas”.
Lo que está claro es que los productores de MTV UK no son nada
remilgados y no esconden prácticamente nada. Las cámaras lo graban y
emiten todo, prácticamente sin censura. Programa loco donde los haya
cuyo casting es de lo mejorcito que se ha visto en realitys (o sea, de
lo peorcito). Eso sí, no creo que los habitantes de los valles del sur
de gales se sientan muy identificados. Lo que está claro es que como
todos sus vecinos estén igual de salidos o sean igual de borrachos que
estos especímenes, los principios de la selección natural de Darwin
apuntan a que Gales estará despoblado antes de 2015. Yo encerraría bajo
llave hasta las ovejas. Ovejas, que por cierto son el logo del programa y
que las intrépidas participantes se tatuaron en sus partes íntimas nada
más llegar al reality. Lo que digo, como regaderas.
Texto de: http://contraplanosderisa.wordpress.com/2013/04/30/the-valleys-la-nueva-chalada-de-mtv/
Si echamos
un vistazo a la televisión, podemos encontrar este estereotipo copando
gran parte de la programación de los canales generalistas. Lo primero
que se nos viene a la cabeza son los reality shows, desde los clásicos
como Gran Hermano hasta los híbridos más modernos como Mujeres, Hombres y Viceversa; Hermano Mayor o Gandía Shore.
Están plagados de "canis", y no sabemos si es porque son ellos los que
más se presentan como participantes o porque es un requisito de
selección. Pero en los magacines y programas de reportajes también
encontramos nuestra buena dosis de "canis": Belén Esteban, "la princesa
del pueblo", en Sálvame, es su máximo exponente; junto a los retratos esperpénticos de barriadas y polígonos con los que les gusta regalarnos a los de Callejeros. La ficción tampoco está exenta de su ración de "canismo": la Juani de Médico de Familia fue la precursora de Manos a la obra (¡Manolo y Benito Corporeison!), Los Serrano, Yo soy Bea, Aquí no hay quien viva / La que se avecina... pero, sin duda, la joya de la corona es Aída.
Lo tiene todo. Cualquier estereotipo peyorativo sobre la clase
trabajadora de los barrios periféricos (representados por este Macondo
de viviendas sociales conocido como Esperanza Sur) lo encontraréis en
esta serie de televisión. Cualquiera. A saber: - Aída:
Madre divorciada y desdoblada entre las labores del hogar y las labores
de los hogares de los demás, porque, como no podía ser de otra manera,
trabaja como limpiadora (como "chacha", si nos atenemos a la
nomenclatura despectiva que se exhibe en la serie). Para más inri es
inculta y simplona y siempre está en celo porque no encuentra varón para
un "apaño". - La Lore:
hija adolescente "choni", ligera de cascos y muy corta de luces que
abandona sus estudios para participar en Gran Hermano. Sólo piensa en
sexo y diversión (sinónimo de discotecas, alcohol y...claro, sexo otra
vez). - El Jonathan: El hijo delincuente juvenil/ pandillero. Lo que entendemos por gamberro. - El Luisma:
El hermano (ex)yonqui descerebrado y sus amigos (ex)yonquis
descerebrados. No piensa buscarse un trabajo ni falta que le hace. Lo
que entendemos por vividor. De poca monta, eso sí. - La madre
de Aída: ex-actriz de variedades, obesa por pura insatisfacción,
comedora compulsiva que hace gala de una total falta de autocontrol y de
un egoísmo y mezquindad sin límites. - Paz: Una vecina prostituta. - Macu: La
paleta que llega del pueblo a vivir a la ciudad, por supuesto, "más
bruta que un arado". Igual de "facilona" que la Lore. - Mauricio:
el dueño del bar más concurrido del barrio y "facha" mayor del reino
(machista, racista, franquista...). También es lo más parecido a un
capitalista que se puede encontrar en Esperanza Sur, porque tiene un
mísero bar, lo que le faculta para considerarse "empresario" e intentar
explotar y sacar beneficio de todo el que se le ponga por delante. - Machupichu (¿alguien sabe como se llama?): el inmigrante sumiso. - Fidel: el
único personaje de Aída con inteligencia y amplia cultura general. Por
eso mismo aparece estigmatizado como pedante, pomposo e insoportable.
Querer saber en un barrio de clase baja es pecado. Además es gay, otro
pecado. "Puritita" carne de "bullying". - Aidita: nieta rechoncha y "chapona" de Aída. Otra "sabionda" como Fidel. Más carne de "bulliyng" para el asador. En
general, lo que sacamos en conclusión de una de las series de mayor
audiencia emitidas en España es que la clase trabajadora de los barrios
humildes tiende a guiarse sólo por sus instintos, no sólo de
supervivencia (llegar a fin de mes como sea, alimentar a su familia),
sino también sexuales (no es casualidad que el único personaje femenino
de la serie que no está "salido" se dedique precisamente a la
prostitución) y otros vicios (gula, drogas...). El proletariado lleva
asociándose así desde 2005 en el prime-time de los domingos directamente
a la marginalidad y a la picaresca, cuando no a la delincuencia, y a la
ausencia de formación y un empleo digno y de interés por los mismos. Lo
que es lo mismo que decir que si no prosperan es porque o no están
capacitados para ello, o no les da la gana. O lo que es lo mismo que
decir que se aprovechan de los subsidios y la caridad y que no son en
absoluto productivos para el Estado. Escoria, en una palabra. Lastre que
soltar. Por algo "barriobajero" es un insulto. Claro que
este cargar las tintas en las clases más bajas de la sociedad no es
sólo cosa de los medios de comunicación y el "entertainment". Y no
proviene de ellos. Preguntémonos a quién señalan los políticos y
empresarios cuando dicen que hemos vivido por encima de "nuestras
posibilidades", que el dinero de las pensiones y prestaciones sociales
"se gastan en pantallas de plasma", que hay que recuperar la "cultura
del esfuerzo", que debemos pensar más en nuestros deberes que en
nuestros derechos y trabajar como "chinos en un bazar" si queremos salir
de la crisis algún día. Se refieren a aquellos que con un trabajo de
asalariados osaron viajar en sus vacaciones, comprarse casa y coche,
disfrutar de la cultura y las nuevas tecnologías o conseguir que sus
hijos accediesen a estudios universitarios. La percepción de que tenían
más de lo que se merecían, acorde a su papel social, es la excusa
perfecta para todos los recortes en servicios públicos y derechos del
trabajador que permitan al sector privado campar a sus anchas. Su
justificación sociopolítica e incluso moral: hay que frenar la plaga de
parásitos irresponsables que nos ha llevado a la situación económica en
la que nos encontramos. Este
fenómeno lo describe de maravilla el que debería ser ya un libro de
cabecera para todo el que quiera entender lo que está pasando: "Chavs,
la demonización de la clase obrera", escrito por el británico Owen
Jones y publicado en España por la editorial Capitán Swing. Para que os
hagáis una idea, los "chavs" ("chavettes" en femenino) serían los
"canis" en Gran Bretaña. Es la palabra que usan coloquialmente para
referirse a los jóvenes de las viviendas de protección oficial, que
tienen un acento y apariencia concretas. Como aquí, son objeto de
escarnio en la televisión y en Internet, con el mismo estereotipo de
desempleados y pensionistas crónicos, de baja catadura moral y también
bajo coeficiente intelectual, potenciales delincuentes y adolescentes
embarazadas que salen de familias desestructuradas y/o disfuncionales.
Owen explica cómo "este concepto es en realidad una manera oblicua de
definir al conjunto de la clase trabajadora y responsabilizar a los
pobres de ser pobres". Como
apuntábamos antes, en plena crisis económica mundial, la justificación
cae del cielo. La pobreza no se debe a los problemas macroeconómicos y
estructurales, a las limitaciones del "sacrosanto" libre mercado o a las
decisiones y comportamientos de las clases poderosas, sino a los
defectos de los ciudadanos que la sufren: a sus hogares dislocados, a su
falta de ambición y sacrificio y a su escasa capacidad intelectual.
También nos cuenta cómo en Gran Bretaña el término “chavs” se aplica
como si de un concepto sociológico se tratase, aunque que nadie puede
decir con exactitud qué significa. El diccionario de Oxford por Internet
define al “chav” como “un joven de clase baja, de conducta estridente
que viste ropa de marca, auténtica o de imitación”. Otro diccionario de
2005 los define como “joven de clase trabajadora que se viste con ropa
deportiva”. Extraoficialmente, a modo de chasquarrillo, se dice que es
un acrónimo de “Council Housed and Violent” (Habitante de Casas
Municipales y Violento). En un libro satírico que fue best-seller en el
Reino Unido, "The Little book of Chavs", se llegan a identificar los que
se consideran como típicos trabajos “chavs”. La “chavette” es una
aprendiz de peluquería, limpiadora o camarera mientras que los hombres
son guardias de seguridad o mecánicos. Según el libro, “chavs” de ambos
sexos suelen ser cajeros en los supermercados o empleados de
hamburgueserías. ¿Os suena de algo?
Pero lo
interesante del libro de Owen es que nos cuenta paso a paso cómo se ha
llegado hasta aquí. La era del neoliberalismo, inaugurada por Margaret
Thatcher con una drástica desindustrialización en los años 80, marcaron
el triunfo de un individualismo que hundió el sistema de valores
solidarios de la clase trabajadora. Los ataques de Thatcher a los
sindicatos y a la industria asestaron un duro golpe a la vieja clase
obrera industrial. Los trabajos bien pagados, seguros y cualificados de
los que la gente estaba orgullosa, y que habían significado el eje
identitario de la clase obrera, fueron erradicados. Apelando a la
falacia de la responsabilidad individual como ascensor en la escala
social, sentó las bases de la actual "ley del más fuerte". “El objetivo
era acabar con la clase obrera como fuerza política y económica en la
sociedad, reemplazándola por un conjunto de individuos o emprendedores
que compiten entre sí por su propio interés”, escribe Jones. El libro
analiza y muestra, de este modo, como el odio a los "chavs" no es un
fenómeno aislado. Es, en gran parte, producto de una sociedad con
profundas desigualdades.
Owen pone
de manifiesto cómo el estereotipo ha contribuído a justificar el ajuste
fiscal de la coalición entre conservadores y liberales que lidera el
primer ministro David Cameron, que en uno de sus discursos pronunció lo
siguiente: “¿Por qué esta rota nuestra sociedad? Porque el Estado creció
demasiado, hizo demasiado y minó la responsabilidad personal” (alumno
aventajado del thatcherismo, "isn't it?"). Este tipo de cosmovisión ha
servido de trampolín también para absurdas propuestas reaccionarias de
limpieza social. En 2008, un concejal "torie", John Ward, propuso la
esterilización obligatoria de las personas que tuvieran un segundo o
tercer hijo mientras cobraban beneficios sociales, medida apoyada con
entusiasmo por los lectores del periódico del ala derecha Daily Mail,
horrorizados ante los "aprovechados y sinvergüenzas que están hundiendo
el país”.
Supongo
que en estos momentos los chistes sobre "canis" o las series como Aída
ya no os parecerán tan graciosos. Al menos a mí no me lo parecen. Y si
antes me lo parecían es debido a otro de los mitos del capitalismo
salvaje, ese del que tanto habéis oído hablar, el de que "todos somos
clase media" (todos los que no llegamos a ser directores de una gran
multinacional y a poseer un yate de más de ocho metros de eslora, pero
que tampoco somos pobres de solemnidad). Es decir, desde profesores,
enfermeros, funcionarios, periodistas, farmacéuticos, autónomos,
taxistas... a las profesiones más propiamente asimiladas a la clase
obrera (operarios, mineros, albañiles...). Precisamente, el hecho de que
se asimile la clase más baja al grupo social de los "canis" y que nos
riamos de ellos por verlos tan ajenos a nuestras circunstancias y
comportamientos, contribuye a que nos traguemos el cuento de que somos
clase media. ¡Cómo vamos a ser del proletariado, si vestimos con gusto y
tenemos una gran sensibilidad cultural e incluso artística! Pues lo
somos, porque el trabajo de las profesiones liberales y/o cualificado es
hoy tan precario como el menos cualificado, lo somos porque casi todos
tenemos contratos temporales con sueldos irrisorios, si tenemos alguno.
Si un periodista o un comercial tiene las mismas condiciones laborales y
productivas que un camarero o una peluquera, significa que pertenece a
su mismo extracto social, es un obrero, un asalariado, clase trabajadora
en definitiva, esté sentado frente a un ordenador Mac o lleve traje
durante su jornada.
Cada vez
que nos reímos de esos chistes o discurrimos otros nuevos, cada vez que
caemos en el estereotipo de clase y utilizamos palabras como "verdulera"
o expresiones como "es de pobres" para menospreciar, actuamos como
cómplices de aquellos interesados en convertir el trabajo digno en
esclavitud. Es este cinismo el que explica fenómenos como que las clases
más pobres voten a la derecha. Que un hijo de obrero que ha estudiado
ingeniería, que tú, o que yo, despreciemos y nos sintamos superiores a
un albañil o a una peluquera, y que estos a su vez se quejen, por
ejemplo, de que los barrenderos se hayan puesto en huelga o de que los
funcionarios cobran demasiado para "lo poco que hacen" es la gran
victoria del capitalismo: los trabajadores odiándose entre ellos y
olvidando su trascendencia y poder social si se unen, es decir, el caldo
de cultivo perfecto para reducirlos a simples instrumentos del capital
sin ningún margen de acción reivindicativa. Porque si tenemos (o
tuvimos) fines de semana, vacaciones, derecho a huelga, a organizarnos, a
cobrar una baja si nos ponemos enfermos, días de asuntos propios,
salarios, subsidio de desempleo y pensiones de jubilación, es porque
esas personas con mono y carné de sindicato que ahora ninguneamos
consiguieron todas esas cosas a base de protestar y resistir. Y si ahora
las estamos perdiendo es en gran parte porque consideramos que la clase
trabajadora no vale nada o que directamente está desapareciendo. Que
hayamos perdido la conciencia de clase no significa que las clases ya no
existan. Por algo fue el magnate norteamericano Warren Buffett el que
dijo: "Por supuesto que existe la lucha de clases, y somos los ricos los
que vamos ganando". P.D.: Cuando
estaba en primero de Bachillerato mi profesor de Historia del Mundo
Contemporáneo, sorprendido por mi alto nivel de conocimientos históricos
y por los libros que me veía leer, me preguntó a qué se dedicaban mis
padres, esperando, supongo, que le dijese que eran profesores
universitarios o algo por el estilo. Cuando le dije que mi padre era
marinero y mi madre ama de casa, abrió mucho los ojos y sólo me dijo,
"Pues vaya mérito tienes". Creo que fue ese día en el que empecé a
rumiar todo esto que he escrito hoy.
El artista Antonio R. Montesinos comenta en Facebook este post en el blog: Interesante artículo, aunque despide cierto tufillo moralista. A mi Aída
me hace reír mucho (no tanto MYHYV o Gandía Shore), pero también es
verdad que yo crecí en una calle de bloques VPO y me lo tomo como un
estereotipo muy muy exagerado de la vida allí.
Supongo
que si que me ha hecho identificarme con cierta conciencia de clase.
Mis hermanos y yo siempre fuimos los "buenos" y fuimos de los pocos que
fueron al instituto. Según el artículo mis hermanos y yo entramos en la
categoría de lo que sería un Cristiano Ronaldo o David Bisbal, de rebajas claro... que no somos ni mileuristas. De
todas formas lo importante es que al final esa conciencia de clase es
peligrosa. La mitad de mis amigos del barrio ganaban más que yo (hasta
antes de la crisis al menos), pero están por debajo en la escala social
ya que no son universitarios, por lo tanto estamos dentro del mismo
margen económico. Como dice el artículo, en la actualidad se ha
sustituido el asociacionismo del "proletariado" por la cultura del
"emprendedor" (que es una herramienta de control tan grande como las
hipotecas, si no que le pregunten a cualquier autónomo). Todo esto, al
final, se carga a la clase trabajadora como fuerza política y quizás es
la explicación de la situación actual de inmovilismo. La referencia al
libro Owen Jones "Chavs, la demonización de la clase obrera" es muy
interesante. Aquí un extracto de cuando habla de la creación de la casta
"chav" a raíz de los procesos de desindustrialización de los 80 por
parte de la Thatcher:
Apelando a la falacia de la
responsabilidad individual como ascensor en la escala social, sentó las
bases de la actual "ley del más fuerte". “El objetivo era acabar con la
clase obrera como fuerza política y económica en la sociedad,
reemplazándola por un conjunto de individuos o emprendedores que
compiten entre sí por su propio interés”
"Owen Jones pretende con este ensayo
recuperar para el debate la cuestión de clase. Para este empeño utiliza
la denostada figura del chav (lo que vienen a ser nuestros canis, chonis, pelaos, merdellones) El motivo, es la intuición que, "El odio a los chavs es una manera de justificar una sociedad desigual".Para ponernos en situación, los chavs/canis
son el único grupo social objeto de burla descarnada que no produce
ningún tipo de sonrojo mofarse de ellos. Hagamos un experimento:
probemos a hacer un chiste en compañía de un grupo de progres gafapastas
(ahora autodenominados hipsters), de temática racista, machista u
homófoba, el resultado es el lógico lapidamiento. Ahora en cambio,
probemos a soltar la mayor burrada sobre las chonis peluqueras de tu
barrio, o el cani del camarero de turno, o el pokero de callejeros. El resultado será bastante dispar. No te lloverán piedras, sino risas y aplausos."