The selfish giant, el nuevo cine social de Clio Barnard.
Un hacha y un caballo. Eso es
lo que necesitan Arbor y Swifty para sobrevivir. Apenas tienen trece
años, pero la miseria posindustrial que azota Bradford, su pequeña
ciudad al norte de Inglaterra, les obliga a ganarse la vida solos.
Expulsados del colegio por pelearse con quienes se burlan de su olor a
proletarios, comienzan a robar chatarra para vendérsela a un estafador.
Inspirada en una fábula de Oscar Wilde, The selfish giant es una cruda metáfora del capitalismo, la explotación y la amistad, filmada por Clio Barnard.
Si los niños del cuento de
Wilde aprovechan las ausencias del gigante para disfrutar de su jardín,
Arbor y Swifty hacen lo propio con los obreros que descuidan sus bobinas
de cable de cobre. Robárselas es su felicidad traducida en una puñado
de libras que les da el explotador Kitten y con las que,
paradójicamente, pagan la luz que el cable lleva a sus casas.
Desbordados por las deudas y los conflictos domésticos, sus padres
apenas pueden darles de comer, y no se imaginan de dónde sale el dinero
que los chicos llevan a casa.
“Ten cuidado de que no te lo
coja tu padre”, advierte Arbor a su amigo. El pequeño niño rubio
interpretado por Conner Chapman es una secuela de Oliver Twist, un
pícaro que roba chatarra a su patrón para vengar sus abusos. Un niño
hiperactivo que trepa por los postes de alta tensión soñando con cortar
sus cables, como los personajes de Oscar Wilde trepaban por el árbol que
les mostraba su jardín.
Swifty (Shaun Thomas), en
cambio, es ingenuo, fiel y trabajador. Él lleva las riendas del trotón
con el que los dos empiezan a robar cobre, al que ambos cuidan. Y sin
embargo serán los caballos los que lo distancien de Arbor. Porque Kitten
no sólo trapichea con el cobre. También apuesta en carreras, y nombra a
Swifty su jokey titular. Arbor decide entonces vender la chatarra
robada, y se arrepentirá de haber pisado ese jardín…
Ambientada en la Inglaterra post-Thatcher, The selfish giant es un retrato hiperrealista de la sociedad postindustrial a la medida de la serie The Wire
en EE.UU.. Un film con trazos muy reconocibles del documental que
alimenta a Barnard, que ideó la película cuando conoció a dos niños
chatarreros durante el rodaje de The Arbor. No
es de extrañar que comparen con Ken Loach a esta cineasta que utiliza
los silencios y el tiempo real para crear una atmósfera de angustiosa
empatía con sus personajes.
"El gigante de esta versión es Kitten, el dueño de un tiradero de chatarra y dueño de un caballo de carreras. El cual tendrá gran peso en la historia. Especialmente en una escena de carreras de caballos al estilo inglés, que nos recuerda aquellas de Ben-Hur. Sin la gloria del mundo antiguo. Pues en esta competencia no hay ganadores.
Una película no es buena porque logre ceñirse a una historia, ya sea una leyenda o un cuento de un escritor, sino por lograr reinterpretar esa parte de la historia donde anida en el alma humana, sus contradicciones y sus virtudes. En esta ocasión Clio ha logrado volver a contar una historia, adaptándola a otro vehículo (el cine) y al mundo contemporáneo.
Con agilidad la historia se desarrolla sin dejar cabos sueltos. Y la violencia que prevalece a lo largo del filme es sin duda más horrorosa que cualquier escena de disparos o decapitaciones. Es una violencia calculada. Lo cual desde el principio nos hace intuir que no habrá lugar para finales felices."
Gonzalo Trinidad Valtierra
http://www.revistamilmesetas.com/ficm-the-selfish-giant-de-clio-barnard
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